Inversor Consciente

Almanaque de mis inversiones, divagaciones y experiencia profesional. Blog de @dalarconez


El año empieza en septiembre

«La vida es bella, pero dura poco.»

Julio Camba

1.

Si algo sé -o me hicieron creer con el bombardeo estacional de enero- es que los propósitos de Año Nuevo nunca se cumplen. El que se promete perder peso se queda tal cual después del atiborre de las navidades; el que quiere dejar de fumar llega a diciembre apagando su estrés con el cigarrillo o el vaper; el que no ahorra y lo sufre tiene el último iPhone y un billete a Maldivas, Bali, Filipinas, Tailandia o cualquier otro destino de moda; entre otros autoengaños…

2.

Dejando de lado mi punto de vista [1], entiendo que la mayoría sigue pataleando en ‘la rueda del hámster’ [2] sumando unidades y decenas al tercer milenio en el que estamos.

Las bacanales, la lotería de Navidad, el árbol y el belén, los propósitos… todo es parte de un mismo paquete. Desde que empieza el Black Friday hasta que volvemos a la rutina tras la noche de Reyes. Vivimos de la efímera ilusión que crea el propio contexto de la Navidad. Te regalan el libro que te querías leer, abres el paquete y lo aparcas junto al montón de lectura pendiente. Te pasaba de pequeño con los juguetes y te pasa ahora con los propósitos.

3.

Los propósitos son el reflejo de la persona que te gustaría ser. Pero fracasamos una y otra vez. ¿La razón? Podemos echarle la culpa a la biología, pero es más justo señalar a ‘la flojera’ que te invade por la falta de autoconocimiento.

La razón natural se remonta a ±200.000 años atrás. Esta cifra marca el hallazgo de los restos más antiguos del hombre moderno, el Homo sapiens. Estos fueron los seres humanos que tuvieron un cerebro relativamente similar al nuestro, en especial el neocórtex -la parte más desarrollada y nueva de nuestra evolución. Aunque podemos entrar en discusiones de si la forma ‘final’ de nuestro cerebro se constituye hace 35.000, 100.000, 200.000 ó incluso 300.000 años, es una realidad que seguimos campando a nuestras anchas con el mismo hardware que tenían nuestros ancestros hace varios milenios.

Nuestros antepasados se regían, de forma instintiva, por un sistema de gratificación instantánea que les mantenía alerta para encontrar alimento, buscar refugio, asegurar su vida, etc. Nosotros, que hemos añadido un segundo apellido a lo de Homo sapiens (Homo sapiens sapiens), luchamos por gobernarnos con un método de gratificación retardada que nos ha permitido prosperar aceleradamente en los últimos siglos. Y aquí nace el conflicto. El entorno que nos rodea ha cambiado mucho, pero nuestra naturaleza sigue siendo prácticamente igual. Valoramos más la satisfacción presente, que la recompensa del futuro.

Como relata James Clear en su libro ‘Hábitos Atómicos’:

¿Por qué alguien fumaría si sabe que hacerlo incrementa el riesgo de contraer cáncer de pulmón? ¿Por qué alguien comería en exceso si sabe que hacerlo incrementa el riesgo de sufrir obesidad? ¿Por qué alguien tendría relaciones sexuales sin protección si sabe que ello puede tener como resultado una enfermedad de transmisión sexual? Una vez que entiendes cómo nuestro cerebro prioriza las recompensas, las respuestas se hacen más claras: las consecuencias de los malos hábitos son retardadas mientras las recompensas son inmediatas. Fumar quizá te mate dentro de diez años, pero reduce el estrés y satisface la ansiedad por nicotina ahora. Comer en exceso es dañino a largo plazo, pero apetecible en este momento. El sexo —ya sea seguro o no— nos proporciona placer inmediato. La enfermedad, si ocurre, no aparecerá sino hasta dentro de varios días o incluso años.

Por tanto, sabiendo esto, deberíamos preguntarnos diariamente si nuestras acciones están influenciadas por el mono del placer inmediato, y si éstas están alineadas con nuestros objetivos de largo plazo.

Renunciar, siempre que sea posible, al chute del ‘lo quiero y lo quiero ya’ eliminará a tu competencia del camino y saborearás tu recompensa con un extra de satisfacción. El premio de lo correcto para ti y los que te quieren en sus vidas. De nuevo, como dice James Clear: «El último kilómetro es el menos concurrido«.

4.

Si hay un buen momento para despertar -con la lección aprendida- y replantearte tus objetivos, ya sean de corto, medio o largo plazo, es el verano.

Así que por qué no establecer que nuestro año vaya de septiembre a agosto [3] -tal cual hacen algunas empresas con lo que llaman año fiscal o, mismamente, el año escolar.

El verano es una época de descanso y, por consiguiente, de reflexión. No es verdad que en enero empiezas el año. A penas has descansado con tanta celebración y estás en mitad de la vorágine. Llegas a enero con la inercia de los meses anteriores, no ha habido parón y estás quemado. Tratar de planificar tus objetivos en mitad del caos es, créeme, una mala idea.

Por eso, defiendo que septiembre es el mejor momento para arrancar todas esas ideas, proyectos, hábitos, etc. que queramos incorporar a nuestra vida. Dos meses, julio y agosto, en los que el ritmo baja en términos generales y podemos disfrutar de tiempo de calidad y vacaciones para reflexionar (de verdad).

[1] La vida debe vivirse con propósito o en busca de éste, y no dejándose arrastrar.

[2] Lo que Robert Kiyosaki define como ‘la carrera de la rata’ en ‘Padre Rico, Padre Pobre’. Yo he sido más fino con lo de ‘hámster’.

[3] Siempre y cuando vivas en el hemisferio Norte, claro.

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