«El director de un periódico donde yo trabajaba me metió algunos billetes en el bolsillo y me mandó a París. Mis artículos de entonces, como los que más tarde escribí desde otras capitales, tenían la pretensión de estudiar experimentalmente el carácter nacional, pero el único sujeto de experimentación que había en ellos era yo mismo.»
1.
Escribo para pensar. Ya está. No escribo para tener una granja de likes, ni para charlar con otros. Si quieres algo, me llamas. Me irrita la no-comunicación de WhatsApp, Telegram, etc. [1]
La escritura es lineal y así es como obligo a mi cerebro a pasar ideas difusas por el embudo de la sintaxis (sujeto + verbo + predicado). Si no puedo escribirlo, es que aún no lo he pensado bien .[2][6]
2.
Pienso (escribiendo) para conocer quién soy.
Somos hijos de nuestros padres, pero también somos herederos de sus manías, sus valores, sus creencias, su comportamiento, sus gestos, etc. Gran parte de lo que somos (si no todo) es pura imitación del entorno que nos rodea en las etapas de crecimiento y madurez.
La mayoría de la gente se queda en esta fase. Aceptan inconscientemente el software instalado por sus padres y su entorno.
Como yo veo el proceso de escritura es que actúa como un depurador de código. Escribir me permite ver el error en el sistema. Descubro la manía heredada o el miedo irracional, y decido si quiero mantenerlo o borrarlo.
3.
Y quiero entender quién soy hoy para saber quién quiero ser mañana.
Me explico. Al escribir reflexiono sobre qué opinión tengo y cómo me relaciono, por ejemplo, con el dinero o el amor. También constato por qué me comporto como lo hago en diferentes situaciones (cuando debato o discuto, qué cosas digo cuando me relaciono en un grupo amplio de amigos, cuando hablo sobre mí, etc.). Así es como identifico los aspectos que he imitado de mis padres, de mi hermano mayor, de mis abuelos, etc. Y además detecto las mentiras que me cuento a mi mismo mientras las plasmo o cuando las releo.
Cuando repaso textos de hace tiempo ocurren dos cosas: me reafirmo y me doy una palmadita en la espalda; o me asombro de las gilipolleces que he sido capaz de decir y cómo los años nos cambian para bien (y para mal, en función de la mierda que hayas dejado que te infoxique). Sea como sea, no miro al pasado con culpa. No me juzgo.
En conclusión, si quiero saber quién soy, pero sobre todo hacia dónde me dirijo, tengo que definirme y averiguar qué defectos y qué virtudes debo depurar para vivir con propósito. Eso es todo.
Esa distinción entre «quien me dijeron que fuera» y «quien quiero ser mañana» es el núcleo de la madurez.
4.
Tomé consciencia de todo esto por el transcurso del día a día con mi pareja, al dejar caer la careta de chico bueno que todos usamos cuando nos conocemos [3]. Le mostré mis costuras y ella tiró del hilo, dejando ver de qué estoy hecho en realidad.
Gracias a eso, y a su paciencia, consigo identificar todo ese relleno que me sobra. Vivir en pareja es un proceso de auditoría emocional. Sin ella, yo seguiría creyéndome mi propia propaganda. El ego protege, pero también ciega. Y el amor maduro (el que lleva 8 años y acepta la sombra) es el que permite desarmar el ego sin destruirte.
Ella me ha señalado el camino. No sólo marcando el fallo, sino siendo el ejemplo [4].
5.
El autoconocimiento es un viaje hacia el minimalismo en todas sus formas. Cuando consigues reducirte a lo esencial, poco a poco, alcanzas la cuasi-libertad. Dominas tus emociones, tus impulsos y tus reacciones. Eres dueño de ti mismo, escapando de la manipulación o al menos aceptas que, siendo consciente, te la están colando.
Bruce Lee [5] decía: «No has de acumular, sino eliminar. No se trata de aumentar cada día, sino de disminuir cada día. Cultivarse a uno mismo culmina siempre en la simplicidad.»
Definitivamente, siento que este proceso de descubrimiento de uno mismo te alinea con lo que fuiste, lo que eres y con quien deseas ser. Esta cita de Pablo d’Ors es perfecta: «La culpa es el cáncer del pasado, el apego es el cáncer del presente, y el miedo es el cáncer del futuro.»
La culpabilidad de lo que hiciste o dejaste de hacer ya no te pesa. Dejas de acumular relaciones y objetos (apego) que te impiden priorizarte. Y la incertidumbre del cambio, de lo que está por venir, deja de atemorizarte.
El autoconocimiento es un proceso de resta, no de suma. No se trata de adquirir más personalidad, sino de quitarse todo lo que no eres tú.
6.
Otro poder que tiene la escritura es revivir. Esta propiedad se me reveló leyendo la autobiografía de Benjamin Franklin: «Lo más parecido a vivir de nuevo la propia vida parece ser el recuerdo de esa vida, y hacer que ese recuerdo sea lo más duradero posible poniéndolo por escrito.»
Cuanto más mayor soy, más recuerdos se extravían. No se olvidan, creo, pero quedan arrinconados en otro lugar. Escribiendo consigo evocarlos. El texto escrito es un ancla. Al releerlo, vuelvo con precisión a ese Yo, a ese estado mental y en ese momento. Es la única forma de viajar en el tiempo de manera fiable.
—
[1] En mi círculo, se me conoce por no responder a los whatsapps. Cuanto más tiempo pasa, más bola se me hace contestar. Por culpa de esta mala manía dejo muchos muertos ahí fuera. Muchas veces ha sido mi forma de decir adiós sin despedirme. Lo que algunos llaman ghosting.
[2] La escritura no es un arte decorativo, sino una herramienta de ingeniería mental. Las emociones y las intuiciones son gaseosas y caóticas. La sintaxis las solidifica. Al hacerlo, las hago manejables.
[3] Es nuestro mecanismo de supervivencia social.
[4] De hecho, he llegado a estas conclusiones hablando y debatiendo con ella. La idea de este post nace hace 4 meses, el domingo 8 de septiembre de 2025, ya tumbados en la cama los dos y debatiendo interesados sobre este asunto.
[5] Mi acercamiento a Bruce Lee en la adolescencia trascendió sus películas. Me obsesioné con su filosofía personal y sus escritos.
[6] Recientemente encontré un respaldo científico a esta intuición en el artículo ‘Writing is thinking’ (de Nature). Leerlo fue el empujón final para escribir este texto: confirmaba que la escritura no es el registro del pensamiento, sino el andamiaje que lo sostiene. (Referencia: Nature, S44222-025-00323-4)



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